Transcultura

Una Ética Mundial...
Precisamente lo que estamos viendo hoy es el creciente imperio de la transversalidad cultural: todos estamos siendo alimentados culturalmente por todos, aunque no todos puedan o quieran darse cuenta de ello.


Al plantearse la posibilidad de avanzar hacía una ética mundial parece que el punto de partida tendría que ser lo suficientemente general como para que todos los sistemas religiosos puedan ser convocados.

Hans Kung distingue en el panorama religioso contemporáneo tres grandes corriente religiosas: a.- Las religiones de origen semítico (judaísmo, cristianismo e islamismo); b.- las religiones de procedencia india (budismo,hinduísmo y sikhismo); y c) religiones de tradición china (confucionismo y taoísmo). Es claro que las tres corrientes tienen en común rasgos importantes como su supraindividualidad, internacionalidad y transculturalidad. Teóricamente todos estos universos religiosos deberían estar en condiciones de contribuir a una ética que rescate y desarrolle la posibilidad de un futuro razonable. Pero el mapa religioso mundial es todavía más amplio. Hay también muchas religiones africanas e indoamericanas que tienen un carácter étnico, local y, no obstante, son universos de sentido coherentes y completos. Cualquier contribución  para una ética mundial tendría que tener como punto de partida una plataforma tan universal que permita encontrarse con todas las demás religiones en la misma tarea. No sostenemos que la responsabilidad de una ética mundial sea tarea exclusiva de lasreligiones; pero sí que ellas, como representantes de universos religiosos en los que se ha expresado siempre la utopía y el deber ser, deberían encontrar recursos en sí mismas para dicha contribución.

En todo caso, a nuestro juicio, la posibilidad de dicha contribución estaría condicionada por la posibilidad o imposibilidad de las religiones de colocarse en horizontes preteológicos, predogmáticos y, quizás, en el plano de la propia mitología más radical y fundante. Si esto fuera posible, dejando de lado las teologías que durante siglos se han afilado para la lucha apologética y para la competitividad religiosa, entonces podríamos encontrar tres posibles pistas de las cuales partir:
a.- El respeto a la naturaleza, cuyo origen sagrado es un "universal religioso".

b.- Desarrollo de la vida que, en cuanto proveniente de un Eterno Viviente, marca todas las mitologías y las experiencias religiosas.

c.- La sacralidad humana, unas veces como imagen de lo divino en la historia y siempre como plasmada por los poderes sagrados.

Reconocer estas pistas como tareas posibles implicará, probablemente, relativizar las éticas institucionales en aras de una ética de la convivencia humana; significa reconocer a la naturaleza, a la vida y al hombre como primordiales y como realidades prioritarias sobre cualquier pretensión institucional. Más todavía: significa ser capaz, sin renunciar a lo específico de cada experiencia religiosa, de entender el sentido último de la misma institución desde su capacidad de contribuir a esa gran causa.