domingo, 1 de noviembre de 2009

Y LA TIERRA TEMBLO...


Y la tierra tembló en Delhi

La presidenta de la coalición en el gobierno indio, Sonia Gandhi, pasa junto al monumento Shakti Sthal en Nueva Dlehi.
Aún hoy, 25 años después de ver a su marido por última vez, la señora Kaur sigue sin considerarse viuda: "Nadie me ha demostrado que esté muerto, así que espero que algún día aparezca de nuevo". Tampoco ha solicitado una pensión de viudedad, "y de todos modos no creo que me la concediesen; es lo que les ha ocurrido a otras mujeres que conozco que lo intentaron".
Que el gobierno indio no reconozca la viudedad de muchas mujeres sijs que, como ella, perdieron a sus familias en la matanza que tuvo lugar en Delhi en 1984, es sólo una parte más de la injusticia que aún continúa, cuarto de siglo después, amargando los recuerdos de miles de personas.
Indira Gandhi había dictado la orden de tomar a sangre y fuego el sagrado Templo Dorado sij donde unos líderes independentistas de esa etnia se habían atrincherado. Su posterior asesinato a manos de dos de sus guardias personales, de religión sij, fue la venganza por aquella orden.
Cuando se enteró de que habían asesinado a su madre, Rajiv Gandhi pronunció su célebre frase: "Cuando un árbol grande cae, la tierra tiembla a su alrededor". La sentencia fue tomada por los radicales hindúes como un consentimiento implícito para vengarse de los sijs.
Así, entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre de 1984, más de 3.000 personas fueron asesinadas brutalmente en la capital india y otras tantas en varias ciudades del país. La locura que invadió Delhi aún provoca pesadillas en quienes vivieron aquel infierno.
Ram Narain, hindú, necesitaba comprar medicinas para su mujer enferma. Ajeno a lo que estaba ocurriendo, tomó un taxi que fue detenido por una muchedumbre armada con palos y hierros.
"Me obligaron a bajar del taxi, comprobaron que no era sij y después de asegurarse me pidieron que me uniese a ellos. Les expliqué que necesitaba ir urgentemente al hospital y antes de dejarme ir me obligaron a ver lo que estaban haciendo. Uno de ellos tenía varios turbantes ensangrentados (un atuendo típico de los sijs) atados en un palo. Otro llevaba un carro lleno de mercancía robada en comercios de sijs. En un momento dado, alguien gritó algo y todos salieron corriendo a perseguir a dos jóvenes con turbantes que intentaban ocultarse entre los coches".
Los más afortunados consiguieron refugiarse recurriendo a todas sus posibilidades. Como Amardeep, cuya familia trabajaba con empresarios holandeses y gracias a ello pudieron ocultarse en la embajada holandesa. O un influyente matrimonio que poseía varias mansiones en la ciudad y tuvo que huir de su propia residencia vistiendo la ropa que les prestaron los criados. Sus hijos, que no se habían cortado el pelo jamás, como ordenan los preceptos sijs, se hicieron pasar por niñas. Con la barba afeitada y el pelo corto, el señor Singh se instaló con su familia en un hotel de lujo durante meses. Hoy vive en las afueras de la ciudad y decenas de perros guardianes custodian su finca.
Según han denunciado hasta la saciedad multitud de organizaciones, durante dos días las autoridades no intervinieron para detener la masacre. Aún hoy, no ha sido procesado ninguno de los considerados como principales responsables. Las fotos de montones de cadáveres apilados en carretillas en la estación de tren de Old Delhi o los campamentos que se levantaron en el interior del Fuerte Rojo, cuyas puertas se convirtieron en trincheras, son recordatorios del terror que se desató en toda la ciudad.
Contemplando el tranquilo jardín de la mansión del número 1 de Safdarjung Road, cuesta creer que aquí empezase todo. Unas placas metálicas y un cristal cubren el camino que hace 25 años recorrió por última vez Indira Gandhi. Es el lugar donde fue abatida a tiros la 'dama de hierro' india. El epicentro del terremoto que sacudió Delhi hace 25 años.