jueves, 20 de agosto de 2009

LA PRIMERA MISA DE MOZART



La primera misa de Mozart
En 1827 un oficial del Ejército Británico en la India, el capitán Young, descubrió un paraíso en las estribaciones meridionales de los Himalayas, a 40 kilómetros de la histórica ciudad de Dehradun. Un milagro de verdor, colinas boscosas, cascadas, aún más bello que los paisajes del Peak District en Inglaterra. En una primavera perenne. Se le conocería en el futuro como Mussoorie y sería la reina de las ´hill stations´ veraniegas de la India británica. Objeto diáfano para alimentar la nostalgia de lo más granado de la administración colonial de Su Majestad.Algo más de un siglo y medio antes de que ocurriera aquel feliz descubrimiento, un prometedor y muy joven músico austriaco había compuesto su primera misa. 12 años tenía Wolfgang Amadeus Mozart cuando le dio los últimos toques a su Missa Solemnis en do menor. La obra fascinó a la corte vienesa. Por el sutil equilibrio en los contrastes orquestales, por la ausencia de esfuerzos y tensiones. Y sobre todo por la extraordinaria madurez de una obra de arte compuesta por alguien que todavía no había llegado a la adolescencia.Mucho tiempo después, ya cerca de nuestros días, la obra de Mozart no sólo fascinó también a un prometedor joven médico del Punjab, el doctor V.H. Kapur, antiguo alumno de la London School of Tropical Medicine. Le abrió también las puertas a un mundo insospechado. Entre otras cosas, Mozart hizo saltar por los aires el panteón de las deidades hindúes del joven Kapur. Durante su carrera profesional, tanto en Europa como en la India, Mozart y su música serían los inseparables e ingrávidos compañeros del doctor. Hace un par de años que el ilustre médico se retiró a Mussoorie. El poder mirar desde las ventanas de su estudio hacia el noreste en los días despejados, para encontrarse los picos y las nieves eternas de aquel fragmento de los Himalayas sería algo más que el premio a una vida de trabajo. Pensó que Mozart, por encima de todo, se merecía un entorno como aquel. Alrededor de la música y de la sólida casa de piedra grisácea, construida en los días del British Raj, hacía guardia un hermoso jardín inglés. La India británica, cristalizada, sigue estando presente en Mussoorie. Con la que el maestro se había finalmente reconciliado. En sus años jóvenes el doctor Kapur fue lo más opuesto a un anglófilo. Tenía entonces clavado, como una espina envenenada, el párrafo de un acta de 1837 del Consejo de Calcuta, el órgano de gobierno de la East India Company. Las autoridades de la Compañía deseaban crear un sistema de educación "para formar una clase que serían los intérpretes entre nosotros (los británicos) y los millones de seres a los que gobernamos; una clase de personas, indios por su sangre y su color, aunque ingleses por sus gustos, sus opiniones, su moralidad y su intelecto."Nadie podría negar que el maestro Kapur había sido un beneficiario de ese sistema y de la granítica filosofía imperial que lo había hecho posible. Y también una víctima de sus contradicciones. Ya que en la India se sentía incómodamente europeo. Pero en Europa sus raíces hindúes y los viejos y tenaces dioses se movían poderosos por los rincones más recónditos de su cerebro. Y sólo cuando entraba en los territorios del espíritu que Wolfgang Amadeus Mozart había alumbrado, cesaba la tragedia – o la bendición – de sentirse un visitante en su propio país.