martes, 27 de enero de 2009

INDIA AL QUIROFANO



India en el quirófano

India celebró hoy el Día de la República bajo amenaza terrorista, descabezada y pendiente del corazón de su primer ministro, en cuidados intensivos. Naturalmente, Manmohan Singh no ha estado presente esta mañana en el multitudinario desfile militar –con folklore armado y folklore civil- conmemorativo de la constitución, en el Rajpath de Nueva Delhi. El sábado le practicaron cinco bypass, a los tres días de haberse quejado de molestias en el pecho. En una especie de corolario de los tiempos cuyo advenimiento ha propiciado el propio Singh, la docena de cirujanos encargados de que el primer corazón de India no dejara de latir provenían de un hospital privado de Bombay, de los que han convertido a India en meca del turismo médico. Eso sí, Singh ha sido intervenido en las mismas instalaciones que anteriores jefes de gobierno, en el antaño puntero y todavía público Indian Institute of Medical Sciences (IIMS). Aunque en realidad lo que este fin de semana entró en el quirófano no fue el corazón, sino la cabeza de la India de las reformas económicas, emprendidas a partir de 1991. Entonces Singh era el ministro de Finanzas y se sometía a su primer bypass. Ahora vuelve a serlo, aunque de carambola, después de que P. Chidambaram abandonara esa cartera por la de Interior, para intentar poner remedio a los desaguisados de seguridad, que culminaron en los atentados de Bombay. La estela de ese y otros ataques terroristas del año pasado –algunos en Nueva Delhi- hicieron que el ejército indio desfilara hoy prácticamente con el dedo en el gatillo, con medidas de seguridad todavía más estrictas que de costumbre. Sin elefantes –para evitar estampidas, los nervios están a flor de piel- pero con baterías antiaéreas y helicópteros artillados. Ayer mismo, de madrugada, a las puertas de Delhi, fueron abatidos dos terroristas –pakistaníes, según las fuerzas de seguridad indias- en un vehículo Maruti, que se defendieron con sendos fusiles ametralladores. Se les aprehendieron cinco granadas, un kilo y medio de explosivo militar y municiones. Se presume que su objetivo era provocar una matanza y sembrar el pánico coincidiendo con el Día de la República, quizás durante el propio desfile, con la plana mayor del estado indio presente –excluyendo a Singh e incluyendo a la presidenta, Pratibha Patil. Un mazazo que India -que hasta ahora ha confiado en la diplomacia de Washington y Londres para meter en vereda a Pakistán- ya no podría permitirse seguir ignorando. "Si hay otro gran atentado habrá guerra", comenta Sani, entre whisky y whisky, en un club de golf de Bangalore. Y enseguida se pone apocalíptico. "En ese caso, China intervendrá del lado de Pakistán y EE.UU., finalmente, también deberá involucrarse, para eliminar el arsenal nuclear pakistaní". En este último punto es poco original, ya que Hillary Rodham Clinton formuló el mismo deseo hace cosa de un año, mucho antes de sospechar que se convertiría en Secretaria de Estado. Sani es bastante esmirriado para ser sij y –como muchos de ellos- militar (en su caso, retirado). Pero quizás fue una ventaja para ocupar la cabina de un avión de guerra supersónico. Sani ya no es piloto, pero tarda poco en calcular el tiempo que tardaría en alcanzar Lahore con un MIG ruso, desde este bastión de la fuerza aérea en el sur de India. "Máximo una hora y cuarto". Sani, ahora consultor, es un admirador declarado de Narendra Modi, el primer ministro de Gujarat, del BJP (chovinista hindú, popular entre las castas altas). No parece importarle que ese mismo chovinismo hindu, talibanizador a su manera, imponga la ley seca en Gujarat –hay que obtener una licencia mensual para consumir un máximo de cervezas- o humille y golpee a las chicas que entran en pubs, como anteayer en Mangalore. Sabe que en India, a partir de un cierto nivel de renta, las leyes dejan de ser un problema. No es el único. Muchos de los grandes patronos de la industria India están dando la cara por Modi como mejor candidato a las próximas elecciones generales, que deberán celebrarse antes de mayo. No serán unos comicios de trámite. El candidato natural del gobernante Partido del Congreso, Manmohan Singh, estará fuera de juego durante un mes y, quizás, no andará en condiciones de liderar la campaña. Aunque no hay mal que por bien no venga. Tras la soporífera reacción del profesor Singh a los atentados de Bombay, más de uno en el Congress empezaba a pensar que los mítines se iban a quedar desiertos por muchos autobuses con samosas y rupias de bolsillo que fletaran. Cabe recordar que el candidato –ganador- en las últimas elecciones no fue Singh, sino Sonia Gandhi, presidenta del partido. La virulenta campaña de la oposición, que la calificó poco menos que de agente del Vaticano, le hizo tomar la decisión magistral de delegar el poder en Singh –que le besa los pies- y seguir mandando desde un relativo segundo plano. "India está sin liderazgo, mira a la presidenta y al primer ministro que tenemos", se desgañita Sani tras su quinto whisky frente al green. Y no le falta razón. La vejez de la clase política india beneficia a las dinastías, que siempre rejuvenecen. En la cultura política del subcontinente, donde las dinastías políticas importan enormemente, se cuenta con que un día no lejano Rahul Gandhi, de 38 años –o su hermana Priyanka- ocupe el puesto de primer ministro de India, como en su día su padre, Rajiv, o su abuela, Indira, o su bisabuelo, Jawaharlal Nehru. Rahul tendría el terreno expedito –en este contexto, hay voces que vuelven a reclamar su candidatura- si no fuera por su propia bisoñez política. Algo disimulada porque alguien de su misma generación –y también heredero de una dinastía política- acaba de conquistar el cargo de primer ministro de la Cachemira ocupada por India. Una novedad importante, en cualquier caso –como demuestran los achaques de Singh, que ha sido sometido a otras dos operaciones en esta legislatura- ya que la mitad de los diputados indios tienen más de 65 años. Eso en un país donde la mitad de la población tiene menos de 25 y donde la esperanza de vida está, justamente, en 65 años. No es de extrañar que a lo largo de la legislatura hayan fallecido en ejercicio de sus funciones nada menos que diecisiete diputados. No es la oposición, ciertamente, la que pretende corregir la gerontocracia india. Su candidato in pectore, Advani, tiene 82 años. Y en un estado tan importante como Tamil Nadu el primer ministro tiene más de 85. La candidatura de Modi, el favorito de la India corporativa, tendría sentido desde ese punto de vista. Por lo menos mientras no haya un candidato directamente salido del mundo de la empresa. Como pedían recientemente con pancartas, en Bombay, en una manifestación antiterrorista de la clase alta convertida en alegato contra la corrupta clase política. Lástima que el reciente escándalo de Satyam haya demostrado que la ética de la clase empresarial india no es muy distinta. El fundador y director ejecutivo de la cuarta empresa india de software, con sede en Haiderabad, ha hecho desaparecer nada menos que mil millones de euros de la compañía, desplomando el valor de las acciones. Ahora se ha sabido que había inventado 13.000 nóminas de trabajadores que nunca existieron. El Banco Mundial ya la ha vetado, como también ha hecho con la tercera empresa india del sector, Wipro. Volviendo a Modi. Cuesta olvidar que su pasividad permitió el asesinato de dos mil musulmanes inocentes en 2002, después de que una cincuentena de radicales hindúes fueran quemados vivos en un vagon de tren. Los Ambani –cuyo padre convirtió Reliance en un lucrativo monopolio en varios sectores industriales gracias a los favores del Partido del Congreso- le apoyan. Tambien Ratan Tata, que construirá en Gujarat su Tata Nano, el coche más barato del mundo. Pero EE.UU. le niega el visado por genocida. Bangalore es el Silicon Valley de India y parece estar lleno de gente que se ha retirado a los cuarenta y pico, como Vinod. Aunque en los últimos dos años, muchos han vuelto de Estados Unidos atraídos por unos salarios –para ingenieros en informática y telecomunicaciones- que se acercan ya bastante a los de San Francisco. La crisis en EE.UU. está provocando ya una segunda ola. Que irá en aumento con despidos masivos como los anunciados estos días por Microsoft (5000 empleados) en EE.UU., que algunos políticos quieren que recaigan en primer lugar en los trabajadores con visados H-1B, mayoritariamente indios. Tal vez en Bangalore encontrarán su hogar. La sensación de que todo está todavía por hacer es mucho menos acuciante en Bangalore que en otras ciudades indias. Y mucho menos en Palm Groves , una fortificada urbanización de casas de lujo donde la clave está en que las palmeras no parezcan de India sino de Florida. Vinod tiene pasaporte norteamericano, aunque ha vuelto a India tras vender la empresa de software que fundó allí. Vinod es, desde todos los puntos de vista, un privilegiado. Sin embargo, se alegra mucho más del triunfo de Barak Obama que el propio gobierno indio, cuyo principal partido, el Congress, estudia ingresar en la Internacional Socialista. "India te ama", le soltó Manmohan Singh a George Bush en su último encuentro. No en vano, uno de los escasos logros de la diplomacia norteamericana durante su mandato fue amarrar India a Estados Unidos, con el acuerdo nuclear civil como piedra de toque. Por eso, más de uno se ofendió cuando Obama, al desmenuzar recientemente las líneas maestras de su política exterior, ni siquiera menciono a India, aunque colocó a Pakistán y Afganistán en el centro de sus preocupaciones, como dos mitades de un mismo problema. Quizás sea un buen augurio para India. Da la sensación de que durante los años de Bush en ocasiones se la sobredimensionó por interés político, para ponerla en un plano de igualdad con China. Ya debe ser un poder real, cuando se la ningunea a conciencia. En India, además, se teme sobre todas las cosas que EE.UU. quiera ganarse el elusivo favor de Islamabad en la guerra de Afganistán a cambio de concesiones indias en Cachemira. India siempre se ha negado a internacionalizar la disputa. Pero Obama ha eliminado hoy las suspicacias, al declarar, con motivo del Día de la República, que "India no encontrará un mejor aliado que los Estados Unidos". Sobre el cielo de Nueva Delhi ronroneaban todavía, en perfecta formación, cazas de fabricación rusa. Pero los indios –la minoría mas rica de Estados Unidos- hace mucho tiempo que sólo tienen oídos para "América".