lunes, 22 de diciembre de 2008

NAVIDADES FUTURAS

El fantasma de las Navidades futuras
... En una situación de plena libertad religiosa , se da un desdoblamiento de las fiestas y de los símbolos cristianos, que pueden tener, según la libre decisión de cada uno, un significado espiritual o secular...

EN los países de habla inglesa, las Navidades suelen traer la evocación literaria y cinematográfica de «El cántico de Navidad» de Dickens. La obra, que se conoce bien , relata el triunfo del espíritu de la Navidad sobre el mercantilismo egoísta y escéptico del avaro Ebenezer Scrooge. En la situación de partida, Scrooge ve la Navidad con impaciencia y desprecio; su dureza de corazón sólo se conmoverá tras la visita de tres fantasmas, que personifican sucesivamente las Navidades pasadas, las presentes y las futuras. Al contemplar en ese espejo sobrenatural el espectáculo estremecedor de su vida sin amor y de la muerte solitaria que le espera, Scrooge se convierte y se une a la corriente de alegría navideña que viene a templar durante algunos días la severidad de aquel Londres de la primera etapa victoriana.
Quizá hoy podríamos adscribir la personalidad de Scrooge a alguna forma extremada de neoliberalismo: el hombre de empresa lean and mean, de actitud escuálida y mezquina, para quien todo acto de generosidad es un disparate. Sin embargo, en el pasado siglo XX los sucesores de Scrooge (y otros empresarios no vinculados a esa estirpe) descubrieron los inagotables usos comerciales de la Navidad, con lo que aquella hostilidad del personaje de Dickens perdió su razón de ser. Con todo, es justo reconocer que la mercantilización de la Navidad suscita problemas espirituales, pero no problemas políticos. No sucede así con la contemporánea hostilidad hacia la Navidad, que suele proceder de los militantes más aguerridos del laicismo. Como ocurre con otros temas, esos émulos de Scrooge suelen escoger el ámbito escolar para sus actuaciones. En años anteriores por estas fechas fueron varias las noticias de colegios en los que se había suprimido una función de Navidad que tradicionalmente venían representando los alumnos; y si el fantasma de las Navidades futuras se apareciera, es probable que nos enseñara episodios semejantes y cada vez más frecuentes.
Los ensayos de descristianización de la vida europea empezaron con la Revolución Francesa y nunca han tenido mucho éxito. Con frecuencia, el intento de sustituir formas cristianas de vida por otras de nuevo cuño ha producido resultados grotescos, empezando por el culto parisino y revolucionario de la diosa razón. Hace once años, al Ayuntamiento de Birmingham se le ocurrió un ingenioso neologismo para hacer de denominador común de las Navidades y de las fiestas que en parecidas fechas celebran otras confesiones: así nació el «winterval», como híbrido lingüístico de «invierno» e «intervalo», y como híbrido políticamente correcto de multiculturalismo y neopaganismo. La sociedad inglesa en su conjunto está bastante alejada de la práctica religiosa, pero fueron tantas las ironías que llovieron sobre Birmingham que el «winterval» duró muy poco en cartelera, aunque la palabra ha pasado al lenguaje común para referirse a una actitud que conviene evitar.
De Inglaterra viene también la reciente y rotunda refutación de uno de los argumentos favoritos de los adversarios de la Navidad, a saber, que su celebración puede ofender a quienes no sean cristianos. A mediados de diciembre del año pasado, los líderes de las comunidades musulmana, hindú, y sikh de Gran Bretaña unieron sus voces a la del presidente de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos para descartar todo tipo de escrúpulos farisaicos en materia navideña. «Ya es hora de dejar de hacer el bobo con la Navidad», dijo literalmente el presidente de ese importante organismo público creado por el Gobierno laborista, y añadió: «Está bien celebrarla y está bien que Cristo sea la estrella del espectáculo». El líder hindú afirmó que la Navidad era una gran fiesta para todos los que vivían en Gran Bretaña, y el representante musulmán, tras decir que era absurdo pretender que los adornos navideños pudieran ofender a los musulmanes, se preguntó por qué no había más belenes en Inglaterra.
En términos generales, todo lo anterior resulta aplicable a Hispanoamérica; pero quizá convenga hacer algunas reflexiones sobre las especiales circunstancias que rodean el planteamiento de la cuestión. Como es sabido, las actividades que se realizan con motivo de la Navidad, y aún más las de la Semana Santa, son una inapreciable escuela de historia, literatura, arte, música y, sobre todo, educación ciudadana. Son muchedumbre los niños que aprenden a recitar y a representar un papel en una función navideña y que se ejercitan en trabajos manuales haciendo belenes y adornos de Navidad; y son multitud los jóvenes y los adultos que adquieren hábitos y espíritu de servicio a la comunidad en hermandades y cofradías de Semana Santa, donde se inician en las satisfacciones y las exigencias del trabajo en equipo, a la vez que aprenden a apreciar y a respetar el patrimonio histórico artístico local. Y no termina aquí la lista de beneficios civiles que resulta de los ciclos del calendario religioso, como podrá testificar cualquiera que haya visto ese espectáculo comunitario sencillo y emocionante que es la procesión del día del Carmen en cualquier ría o puerto.
En una situación de plena libertad religiosa , se da un desdoblamiento de las fiestas y de los símbolos cristianos, que pueden tener, según la libre decisión de cada uno, un significado espiritual o secular. Pero en todo caso desempeñan una función positiva para la comunidad y su desaparición no traería consigo más que vacío y empobrecimiento del tejido social. Si no parece que puedan apoyarse en razones de interés ciudadano, ¿a qué se deben las campañas del laicismo militante? Quizá la clave sea de orden psicológico. Veámoslo con una ilustración literaria, que se encuentra en «La velada en Benicarló», ese famoso «diálogo de la guerra de España» que constituye el mejor resumen del pensamiento de Manuel Azaña. Uno de los personajes del diálogo, Blanchart, «catalán por los cuatro costados, republicano y militar español», dice lo siguiente: «En julio vine con licencia a mi pueblo, San Feliú de Llobregat, que ahora, indispuestos con la corte celestial y para hacer rabiar al santo, se llama Rosas de Llobregat».
La cursiva es mía, pero el retrato irónico y preciso de una actitud típica en la materia que nos ocupa es de Azaña. Pues bien, se diría que esas ganas de hacer rabiar (al santo o a quienes se supone que lo veneran) siguen inspirando algunas conductas en nuestros días. Así, el último congreso federal del partido que gobierna España demandó «la progresiva desaparición de símbolos religiosos en los espacios públicos». Es verdad que, afortunadamente, hoy esas cañas ya no pueden volverse lanzas, y esa es una de las grandes conquistas de la Transición. Pero no tiene sentido iniciar un camino del que los británicos y otros vecinos europeos ya están de vuelta, ni tampoco intervenir en los espacios públicos o en el calendario para dejarlos vacíos o para llenarlos con extraños brumarios y «wintervals». Y, sobre todo, tantas son las raíces cristianas de nuestras instituciones sociales que la realización del programa laicista podría acabar haciendo que la población se separase de una cultura cuyos fundamentos ha dejado de entender. Nos convertiríamos así en una suerte de vándalos y alanos que deambularan entre misteriosas ruinas romanas e inescrutables inscripciones latinas.