viernes, 19 de diciembre de 2008

INDIA, LOS OLVIDADOS DEL TERRORISMO

ARTÍCULOS DE OPINIÓN
India, los olvidados del terrorismo
JOSÉ FÉLIX MERLADET *
El arzobispo de Delhi, Vincent M. Concessao, sucesor del carismático e inolvidable Alain de Lastic, ha producido unas tarjetas para distribuir en Navidad en las que aparecen casas destruidas, niños y mujeres desvalidos en la carretera y coches machacados. ¿A qué se deben tan inhabituales y chocantes christmas? A que el arzobispo quiere atraer la atención pública sobre otro tipo de terrorismo que pasa desapercibido internacionalmente. Me refiero al terrorismo suscitado por el integrismo radical hindú, que es tan letal aunque más insidioso y solapado que el islámico.
Curiosamente casi nadie sabe que desde 2004 India es el segundo país con más atentados terroristas del mundo después de Irak; registra más de 100 ataques (típicamente con armas, bombas y secuestros) al mes, en los que el 80% de las víctimas son civiles. En el último año y medio ha habido más de 500 víctimas mortales sin contar a las de Bombay. En India hay un amplio espectro de terrorismos, la mayoría de baja intensidad, que van desde nombres sonoros como los naxalitas de corte maoísta -con unos 1.000 activistas, que luchan por los derechos de los jornaleros sin tierras atacando violentamente a los terratenientes en Andhra Pradesh y Bihar y causan unos 130 muertos por año- hasta los insurgentes separatistas o autonomistas de las llamadas siete hermanas o Estados de raza mongoloide del Nordeste (Assam, Manipur, Nagaland, Mizoran, Meghalaya, Tripura, Arunachal Pradesh), en los que los tribales y otros pueblos autóctonos se oponen a la gran inmigración proveniente de otras partes de India. Algunos mizos, cristianizados, se consideran descendientes de una de las tribus perdidas de Israel. En Punjab todavía quedan sijs herederos de los que mataron a Indira Gandhi, creyentes en la independencia del Khalistan. En Tamil Nadu, «liberation tigers» del LTTE... Y así por doquier en el vasto Hindustán. El terrorismo es, en fin, en aquel subcontinente un virus político que incuba en situaciones de intolerancia, ambición de poder e injusticia, y que aspira tanto a crear miedo y paralizar a sus víctimas como a generar adhesión cuasi religiosa entre sus seguidores.
En cuanto al terrorismo de corte hinduista inspirado por organizaciones como el RSS, Rashtriya Swayamsevak Sangh u Organización Nacional de Voluntarios, de iniciales con connotaciones nazis y bajo el paraguas del principal partido de la oposición, BJP, predica una India hindú sobre la base del 80% de la población que lo es (un país, una cultura, una religión y, si pudieran, una lengua) sin respetar a las minorías. Esta forma de terrorismo realiza actuaciones sonadas contra los musulmanes (pogromo de Gujarat hace 7 años) y otras mucho menos conocidas pero no menos sanguinarias y efectivas contra los cristianos. A diferencia de los musulmanes, que son unos 150 millones, los cristianos son poco más del 2% de la población y entre todas las sectas e iglesias apenas suman 30 millones de una ciudadanía de 1.100 millones. Sin embargo son un objetivo recurrente de ataques en los Estados 'naranja' (por el color del hábito de los sacerdotes y swamys hindúes), fundamentalmente Orissa, en el Este, y Gujarat, en el Oeste. Los atentados contra ellos son espeluznantes. En agosto de 2007, a raíz del asesinato de un líder del RSS, Swamy Laxmanananda Saraswati, por los maoístas en Orissa, aquella organización aprovechó para realizar una masacre sistemática y posiblemente ya programada de cristianos pobres en todo el Estado que aún no ha cesado.
Las cifras dan escalofríos: 4.640 casas arrasadas, 140 iglesias destruidas, 500 personas asesinadas según las misiones de verificación (las cifras oficiales hablan de sólo 120 muertos). Y todo en un ambiente de impunidad. Hay más de 54.000 desplazados en campos de refugiados del Gobierno, a los que se incita a marchar sin darles jabón ni más de un plato de comida al día, pero que saben que si retornan a sus pueblos de origen la mayoría hindú les someterá, en el mejor de los casos, a un proceso de reconversión forzosa al hinduismo y a su condición de parias. En caso de negativa, los más afortunados sufrirán palizas, serán paseados desnudos por el pueblo (en autos de fe mucho peores que los de la propia Inquisición), obligados a comer excrementos y, en el peor de los casos, serán quemados vivos, forma cruel de ejecución frecuente en aquellos lares quizás por connotaciones religiosas de purificación.
Es el método que también se aplica a algunas pobres viudas y con mucha mayor frecuencia a la esposa que ya no se desea por haber pagado insuficiente dote. En estos Estados dominados políticamente por los hindúes más intransigentes, ultraconservadores que fomentan el odio contra otras religiones, se produce periódicamente la quema de iglesias y biblias, la violación de monjas y la destrucción de poblados cristianos sin que nadie alce su voz. ¿Por qué?
Porque las víctimas de estos atropellos son los sin casta -dalits o hariyans- y tribales sin ningún glamour social ni apoyo internacional, que para huir de su condición marginada (de parias diríamos antes) se convierten al cristianismo. En ese punto pasan a considerarse a sí mismos personas con derechos y obligaciones y no meros seres con una carga karmática insuperable en esta vida debida a su condición pecadora o animal en las existencias pasadas. Antes, su única esperanza era la reencarnación. Ahora se sienten ciudadanos con iguales derechos y en muchos casos se unen curiosamente a partidos marxistas como el Communist Party of India -CPI- o los maoístas. Son estas formaciones y, con paños algo más calientes, el Partido del Congreso los que les apoyan ante la Justicia y en las instancias políticas. Y precisamente por ser un asunto de humildes y dóciles minorías apoyadas por las izquierdas de fuera del establishment, en la mayor democracia del mundo no se habla nunca de ello.
Esperemos que estas breves líneas a muchos kilómetros de distancia, tributo debido a tantos seres marginados, puedan modestamente contribuir a sacar a estos seres de la preterición y el olvido, y a que los esfuerzos internacionales que tímidamente apuntan (misión de reconocimiento en noviembre de la baronesa Caroline Cox del PE) puedan dar su fruto. No se trata de un tema meramente religioso, o de derechos de minorías, o de un terrorismo que hay que evitar que se haga endémico, sino de un asunto de justicia social de primer orden que India deberá resolver con prioridad para encontrar por fin ese puesto planetario al que aspira entre los más grandes.
(*) José Félix Merladet estuvo destinado en puesto diplomático en India durante cinco años.