domingo, 19 de octubre de 2008

HISTORIA DEL ESPIA PUNJABI-BRITANICO MAS FAMOSO


REPORTAJE: PERSONAJE
La vida loca de un espía múltiple
Trabajó para el MI6, el KGB y la CIA. No sucesivamente, sino a la vez. El británico Kim Philby fue el agente total. Espió a todos y para todos desde que, de estudiante en Cambridge, decidió hacerse comunista. Murió en Moscú como un héroe nacional.
En 1930, mientras preparaba un examen de historia a fuerza de cigarrillos y tazas de café, Kim Philby tomó una importante decisión que lo convertiría, años más tarde, en el espía más competente del mundo. Envuelto en humo, Philby decidió que sería comunista; estaba en el reading room del Trinity College, en Cambridge, y aquella decisión, como una onda expansiva, fue tocando por etapas a tres de sus colegas que, junto con él, pasaron a las páginas oscuras de la historia inglesa como los espías de Cambridge, un cuarteto que durante la guerra fría espió y contraespió a un nivel que influyó de manera determinante en la geopolítica de la época.
El 2 de febrero de 1978, cuando ya Kim Philby vivía en Moscú, refugiado de la ira del Gobierno inglés, el diario The Times, refiriéndose con sorna al libro My silent war, donde Philby cuenta sus escandalosas memorias de espía, publicaba lo siguiente: "El libro de Philby fue escrito en Moscú, cuando terminó su doble vida y ya no era capaz de combinar el placer de vivir en el mundo libre con la satisfacción masoquista de trabajar en secreto para destruirlo". Para compensar la poca simpatía que generaban en Inglaterra las memorias de su amigo, el escritor Graham Greene, que había sido jefe de Philby cuando ambos trabajaban en el servicio secreto británico, declaró: "My silent war es muchísimo más apasionante que cualquier otra novela de espionaje que yo sea capaz de recordar".
Como todo biógrafo de sí mismo, Philby no evitó la tentación de retocar los pasajes más vistosos de su vida; esas licencias literarias que tanto entusiasmaban a Graham Greene han traído de cabeza durante décadas a sus biógrafos, que, hasta hace pocos años, con la desclasificación de documentos de los archivos del KGB, empezaron a localizar la punta de esa maraña que fue su vida llena de espionajes, traiciones y contraespionajes que, por citar un ejemplo que nos interesa, en 1937 trajo a Philby a España con una misión secreta que pudo cambiar radicalmente el rumbo de la Guerra Civil.
Kim se llamaba en realidad Harold Adrian Rosell Philby, su apodo no tenía que ver con el protocolo del espionaje, en cuyo mundillo ostentaba el alias Söhnchen, sino con la excentricidad de su padre, Harry Saint John Philby, que lo llamaba así por un personaje de novela de Rudyard Kipling, que era un joven indoirlandés que espiaba para el Gobierno de Inglaterra, en la India, en el siglo XIX; un dato crucial para ilustrar cómo un mote puede forjar, o torcer, un destino.
Kim Philby nació en India, en Punjab, durante la ocupación británica, porque Harry Saint John vivía ahí, era un diplomático inglés que, fascinado por el entorno, se había ido reconvirtiendo en explorador y orientalista, y cuando el entorno finalmente se le subió a la cabeza, se convirtió al islam, se casó con una musulmana y se reconvirtió de nuevo en consejero del rey de Arabia Saudí cuando ya su hijo Kim era estudiante en Cambridge y perseguía el destino que involuntariamente le había trazado Kipling.
El fruto inmediato de aquella decisión, tomada mientras estaba aislado del mundo por el humo de sus propios cigarrillos, fue un viaje a Austria en 1933, con el irreprochable objetivo de combatir personalmente el rampante fascismo que hervía en la zona; siguiendo la recomendación de un colega, llegó a Viena a casa de los Friedman, una familia capaz de encauzar su ardor combativo; Litzi, la hija, le preguntó cuánto dinero llevaba; "le dije que cien libras, que esperaba que me duraran el año que pensaba pasar en Viena", cuenta Philby. Litzi hizo sus cálculos y anunció: "Eso nos deja un excedente de 25 libras que puedes donar a la Organización Internacional para la Ayuda de los Revolucionarios; lo necesitamos desesperadamente".
La determinación de Litzi volvió loco a Kim y aquel momento -que terminó en un acto sexual en el traspatio de la casa, con los dos encima de un túmulo de nieve- produjo esta línea, evidentemente retocada: "Comprendo que esto pueda sonar fantasioso, pero una vez que te acostumbras, la nieve resulta bastante cálida". Kim y Litzi trabajaron durante meses en esa organización donde habían ido a parar las 25 libras, hasta el día en que recibieron información sobre el peligro que corría Litzi, que además de comunista era judía, si permanecía en Viena. Sin perder el tiempo, ni la perspectiva de aquellos actos tórridos que fundían la nieve, Kim se casó con ella y se la llevó a Londres para ponerla a salvo. Lo primero que hizo Litzi fue ir a ver a Edith Tudor-Hart, una fotógrafa, también comunista y vienesa que trabajaba en secreto para la inteligencia soviética, y que en 1934 los recomendó para su reclutamiento en la NKVD, la KGB de entonces.
Kim fue llamado a Moscú y ahí pasó casi tres años aprendiendo las técnicas del espía y recibiendo un maquillaje vital para convertirse en un fascista convincente; durante esos años dictó conferencias en Inglaterra donde hacía verdaderas apologías del fascismo y se convirtió en editor de una revista que apoyaba abiertamente el proyecto de Hitler; todo ese maquillaje fascista incluía también borrar su pasado de joven comunista inglés, y eso pasaba inevitablemente por la desaparición de su relación y de su historia de amor con Litzi Friedman.
Reconvertido en fascista notorio, Kim Philby comenzó a trabajar en el diario inglés The Times y pronto consiguió que lo enviaran como corresponsal a la guerra civil española, montado en una compleja esquizofrenia de periodista inglés con inclinaciones fascistas, que era técnicamente un espía ruso. Los artículos de Philby en The Times eran percibidos como los más profranquistas de la prensa inglesa. En diciembre de 1937 iba persiguiendo una noticia en Teruel, a bordo de un automóvil que compartía con otros tres corresponsales, cuando un bombazo dejó hecho cisco el vehículo y sin vida a sus tres colegas; Philby quedó malherido, pero se recuperó y en unos días ya estaba en pie, recibiendo de manos del mismísimo general Franco la Orden del Mérito Militar de España, una condecoración que se le imponía no por sus encendidos artículos, sino por el opinable mérito de no haber muerto en el bombazo.
Ésta fue toda la historia que hubo de Kim Philby durante más de seis décadas en España, hasta que en noviembre de 2001, en esa desclasificación de documentos del KGB apareció uno donde se explica cómo un intermediario británico, siguiendo órdenes de Nicolai Lejov, jefe de la policía secreta soviética, entró en contacto y posteriormente envió a España a un joven inglés "periodista, de buena familia, idealista y fanático antinazi", disfrazado de corresponsal, con la misión de asesinar al general Franco; al lado de la descripción del "joven inglés" hay una anotación a mano: "prob. Philby" (probablemente Philby). Lo siguiente que se sabe de Kim fue que The Times, aprovechando su furibunda germanofilia, lo transfirió a Berlín, desde donde siguió mandando encendidos artículos hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Philby regresó a Londres convertido en una autoridad en el conflicto y, pese a su perfil profascista, o quizá por esto, fue reclutado por el MI6, el servicio secreto británico.
Con aquella maniobra, Kim, alias Söhnchen, quedó convertido en un agente doble que trabajaba para los servicios secretos rusos mientras fingía trabajar para la inteligencia inglesa. Meses después de su reclutamiento en el MI6 fue nombrado jefe de espionaje de la sección V, un territorio que comprendía España, Portugal, Gibraltar y el norte de África. Sus espionajes ingleses, en el fondo contraespionajes rusos, tuvieron tal relevancia que el MI6 diseñó una sección especial a la medida de su espía estelar, la sección IX, que, basada en el perfil pro-Hitler de Philby, que en el fondo era pro-Lenin, tenía una orientación antisoviética, orientación que en manos de Kim era francamente prosoviética.
El rotundo éxito de la sección IX convirtió a Philby en el espía más reputado del orbe, cuando en realidad todo lo que hacía era administrar la información que obtenía desde su privilegiada posición de agente doble, y resistir con elegancia el estrés que le producía estar mofándose permanentemente del mundo occidental. A esas alturas de su vida, Kim Philby se había casado por tercera vez; a la tensión nerviosa propia de su oficio sumaba la de ocultar su verdadero quehacer a sus mujeres, y había comenzado a beber desaforadamente para granjearse un poco de paz interior. En 1949, Philby amplió todavía más su desmesurado horizonte laboral al aceptar un trabajo de asesor en el Pentágono, en el departamento de inteligencia que se convertiría después en la CIA.
La vida en Washington, con la flor y nata del poder occidental, le permitió coordinar a dos de sus viejos colegas de los espías de Cambridge: Burguess y MacLean, que también eran espías soviéticos, para que enviaran información a Moscú sobre el proyecto atómico, un secreto de Estado del que Philby, en su calidad de superasesor, estaba perfectamente al día. Mientras coordinaba a sus colegas, Philby rizaba aún más el rizo: contraespiaba para los rusos y recontraespiaba espías de la CIA para los ingleses. Gracias a la información de Kim, que en Moscú era Söhnchen, el Kremlin conoció durante años al detalle el secreto mejor guardado de la contraparte de la guerra fría.
Unos meses después de la llegada de Philby a Washington, el trío de Cambridge estuvo a punto de ser descubierto porque MacLean, que bebía más desaforadamente que Philby, había hablado de más en un bar y, de un día para otro, la inteligencia soviética les había avisado de que el FBI había comenzado una investigación; en una maniobra que incluyó automóviles, avionetas, lanchas a motor, y una colección de pelucas, bigotes postizos y tacones de aguja, Kim Philby desapareció del mapa occidental a sus dos compañeros, que aparecieron años después, gordos y sedentarios, en Moscú. La investigación del FBI siguió su curso, no contra Philby, que tenía el aura de funcionario intachable, herméticamente leal a Estados Unidos, sino en su entorno, que era inmenso y llegaba hasta el estudio del novelista Graham Greene, que en sus tiempos de espía en África se llamaba "Agente 59200" y que para librarse de la sombra de su amigo Philby, que empezaba a ser notoria en sus novelas de espías, declaró: "¿De qué se me acusa?, ¿de escribir sobre la posibilidad de usar mierda de pájaro como tinta secreta?".
Tanto averiguó el FBI sobre el entorno de Philby que un buen día pidió autorización al MI6 para interrogarlo, el Gobierno británico no lo permitió y en un gesto protector, que hoy puede leerse como un chiste, regresó a Londres al mejor de sus espías antisoviéticos, que era también el mejor espía soviético. En su nueva vida de celebridad británica, Philby se reencontró con Anthony Blunt, el cuarto espía de Cambridge, que había trabajado por su cuenta para la inteligencia soviética y que fue descubierto por el servicio secreto británico en 1963. Para evitar la cárcel que le correspondía, Blunt, al parecer, delató a su viejo amigo Philby, que desapareció de Londres y reapareció años después en Moscú, casado con una rusa de nombre Rufina y reconvertido en burócrata del KGB. Ahí escribió sus memorias, gozó del estatus de héroe nacional y murió tranquilo en 1988. Las tres condecoraciones que recibió en vida pintan al personaje: a la que le dio Franco hay que sumar la de Caballero de la Orden del Imperio Británico, y la Orden de Lenin. Para conmemorar la muerte de tan ilustre patriota, la URSS puso su rostro en un sello postal.