sábado, 16 de agosto de 2008

RENUNCIA DE MUSHARRAF ES CASI UN HECHO


RENUNCIA DE MUSHARRAF

La renuncia del presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, principal aliado de Estados Unidos en la región más turbulenta del mundo, es cuestión de días. Fuentes de la oposición -vencedora en las elecciones legislativas del pasado mes de febrero- han confirmado que las negociaciones para una «salida digna» del ex general golpista están muy avanzadas. Musharraf dejaría la jefatura del Estado a cambio de la inmunidad frente a los cargos que le imputa el nuevo Parlamento, dispuesto a abrirle la semana que viene un proceso de «impeachment» por haber «violado la Constitución» durante el estado de emergencia que impuso el año pasado.
La negociación con la coalición gubernamental formada por los líderes de los dos principales partidos de la oposición -el viudo de Benazir Bhutto, Zardari, y el ex primer ministro Sharif- ha contado con la mediación entre bastidores de Washington y de Londres. Estados Unidos acepta ya como inevitable prescindir de su principal aliado en la lucha global contra Al Qaida, y ha terciado en la disputa para evitar un proceso de destitución de Musharraf que sólo contribuiría a generar más inestabilidad interna en Pakistán.
Musharraf, según fuentes cercanas al coriáceo militar metido a estadista, está, por su parte, a punto de tirar la toalla después de comprobar no sólo la deserción de sus escasos aliados políticos sino en particular la actitud indiferente del Ejército. El nuevo jefe de las Fuerzas Armadas, el general Parvez Kayani, flamante interlocutor privilegiado de Washington, ha proclamado su «neutralidad» en la disputa entre Musharraf y el binomio Zardari-Sharif, dejando al presidente sin su última carta: un golpe de Estado similar al que protagonizó en 1999.
La salida del sátrapa abre un periodo de incertidumbre que va a complicar notablemente la geoestrategia en la región a la nueva Administración norteamericana. Musharraf ha sido, en sus últimos años en el poder, un aliado muy incómodo para Washington por su compadreo con los partidos islamistas, la incapacidad para controlar las regiones tribales -donde reina a su antojo Al Qaida y se han rearmado los talibanes afganos-, y la serie de maniobras torpes e impopulares que llevó a cabo contra la oposición laica y los jueces para imponer su autoridad.
Ese objeto del deseo
Pero la percepción de que Pakistán es, como ha apuntado algún medio, «uno de los lugares más peligrosos del mundo» no implica sólo a Musharraf. La atmósfera islamista no deja de avanzar desde hace treinta años, que incluyen los sucesivos gobiernos de la señora Bhutto y de Sharif, hoy al parecer únicos referentes democráticos. Esa deriva radical comenzó con la revolución iraní, siguió con el conflicto en Afganistán -en Pakistán nació el movimiento talibán-, y se alimentó con la reanudación del conflicto de Cachemira. A todo ello contribuyeron los petrodólares saudíes, que a cambio han inundado las madrasas de Pakistán con propaganda radical de la secta wahabí.
Ni la asesinada Benazir Bhutto ni Nawaz Sharif, hoy principal aspirante a suceder a Musharraf en la Presidencia a la espera de que el alevín de los Bhutto se ponga los pantalones largos, son ajenos al clima de radicalización islamista ni al retraso económico. Sharif dirigió dos veces Pakistán como primer ministro, y las dos fue derrocado en un clima de ingobernabilidad y corrupción. Benazir Bhutto siguió un proceso similar, al que no fue ajeno su marido, Zardari, que hoy se arroga el derecho a dirigir el primer partido del país hasta que el hijo mayor cumpla los 25 años. Los dos lucharán por imponerse cuando Musharraf abandone definitivamente la escena.